Dios da un giro de 180 grados en Nicaragua … ¿o es de 360?

A lo largo de los años, he notado que cuando los latinos intentan explicar situaciones confusas en sus países de origen a los extranjeros, a menudo se refieren a esos lugares como “Macondo”, una referencia apenas velada a la Costa Atlántica de Colombia, donde el mayor exponente del realismo mágico, Gabriel García Márquez, ubicó gran parte de su ficción fantasmagórica.

En esto, Nicaragua y su iglesia católica no son la excepción.

Una somera revisión del papel de la iglesia católica en la segunda nación más pobre de América Latina arroja un panorama macondiano de lealtades cambiantes y una relación tensa con Daniel Ortega durante sus dos períodos de gobierno sandinista. Una relación que genera la pregunta: ¿de qué lado está la iglesia en Nicaragua?

Bueno, es algo complicado.

Como la mayoría de los caudillos de la posguerra y de la Guerra Fría del siglo pasado, la familia dictatorial de Anastacio Somoza tenía fuertes vínculos con la iglesia católica tradicional y usaba ese emblema como parte de su base de poder. Pero a medida que se desarrolló la teología de la liberación, principalmente en las filas de los jesuitas que trabajaban en toda Centroamérica, la religión se convirtió en un instrumento para condenar el dominio caudillista en la región debido a su incapacidad para crear sociedades justas y equitativas.

El sacerdote poeta Ernesto Cardenal, famoso por haber sido expulsado del sacerdocio por el papa Juan Pablo II en 1983 por fungir en el gabinete sandinista de Daniel Ortega como ministro de cultura, es solo un ejemplo de cómo el clero del país ha jugado un papel protagónico en su trayectoria revolucionaria. También está el Padre Miguel D’Escoto, un sacerdote de la sociedad Maryknoll y teólogo de la liberación que perdió su alzacuellos por fungir como primer ministro de relaciones exteriores de Daniel Ortega. Ambos finalmente se alejaron de la causa sandinista, conforme ésta se enfocaba más en retener el poder político que en dedicarse a los pobres.

Quizás un caso más famoso es el del cardenal Miguel Obando y Bravo, un acérrimo opositor al régimen dictatorial de Somoza, quien estaba tan estrechamente alineado con la primera revolución sandinista en 1979 que lo llamaban el “Comandante Miguel”. Pero él también finalmente se fastidió de los abusos contra los derechos humanos de Ortega y su creciente autoritarismo.

Cuando Ortega expulsó a los sacerdotes extranjeros y confiscó las tierras de la iglesia mientras consolidaba el poder en los años oochenta, a mediados de la década Obando y Bravo ya condenaba el “comunismo impío” de los sandinistas nicaragüenses y apoyaba abiertamente a los Contras respaldados por Estados Unidos. Para completar este vaivén del liderazgo de la iglesia en Nicaragua, para el año 2006 el obispo Obando y Bravo se había convertido en un dócil y cooperativo partidario del ahora autoproclamado cristiano en jefe, Daniel Ortega, cuando regresó al poder en las elecciones de 2007.

Desde entonces, Ortega ha modificado la Constitución para aferrarse a las riendas del poder durante más de una década por segunda vez. Él y su gobierno “familiar”, similar a los Soprano, han destruido las instituciones democráticas de Nicaragua y cooptando prácticamente todos los sectores con generosos mecenazgos y subsidios de sus mentores ideológicos y tácticos en Cuba y Venezuela.

Pero ahora que desapareció la generosidad del PetroCaribe de Caracas, quedaron expuestos los grotescos excesos de los amigos de Ortega y la corrupción familiar, y con una población desesperadamente pobre que sufre la abstinencia de la reducción de las dádivas del gobierno, parece que la iglesia nicaragüense una vez más está asumiendo un importante papel en Nicaragua después de una década de relativo sonambulismo.

En los últimos tres meses, los medios de comunicación sociales y tradicionales han cubierto las protestas encabezadas por los estudiantes contra la intolerable intromisión en las libertades civiles y los derechos humanos por parte del gobierno de Ortega. Con una cifra aproximada de 300 muertos en las calles y sin señales de que la represión gubernamental haya disminuido, también hemos sido testigos de una extraordinaria valentía y verdadera solidaridad con el pueblo por parte de varias figuras de la iglesia.

El rector jesuita de la Universidad Centroamericana, padre Jesús Alberto Idiáquez, dio cobijo a más de 5,000 estudiantes y ciudadanos que huían de la policía y los paramilitares enmascarados cuando los recortes propuestos a la seguridad social provocaron protestas civiles pacíficas. El obispo auxiliar de Managua, Silvio José Báez, se ha convertido en un oponente efectivo del régimen de Ortega, utilizando de forma hábil Twitter y las redes sociales para condenar la violencia patrocinada por el gobierno. Él mismo ha sido golpeado y acuchillado por los matones encapuchados de Ortega.

Más recientemente, un intrépido reportero del Washington Post, Josh Partlow, dio a conocer las valientes acciones de los padres Raúl Zamora y Erick Cole, párrocos de la Iglesia de la Divina Misericordia –nombre irónico como el que más– cuando les dieron refugio a más de 200 estudiantes desarmados y nicaragüenses comunes y corrientes durante un asedio de 15 horas por parte de la policía en el que dos estudiantes fueron asesinados. En última instancia, las autoridades eclesiásticas superiores lograron negociar el fin del enfrentamiento.

Mientras la Organización de Estados Americanos y el Congreso estadounidense adoptan resoluciones y redactan leyes diseñadas para presionar al mezquino gobierno de Ortega para que adopte aunque sea una semblanza de democracia, está quedando claro que una vez más la iglesia de Nicaragua y su clero tendrán un papel central. Esperemos que el compromiso de la iglesia con los pobres y desposeídos de Nicaragua siga siendo fuerte y continúe haciéndose eco en todo el hemisferio.

Deja un comentario

*